20150510

Idealista

Amaneció una buena mañana de primavera, harto de la oscuridad que apolillaba su vida. Con el ánimo de renovar su existencia, ventilar ambientes cargados y sombríos y el optimismo por montera abrió la ventana para darse de bruces contra la persiana.

-    No pasa nada – pensó, me precipité. De un fuerte meneo la levantó, con vistas al jardín interior.

La luz cegaba, pero se asomó a respirar. Tuvo la mala suerte de que, tanta furia con la persiana removió un avispero de la cornisa, acudiendo en masa los insectos a su cara. Con grandes aspavientos y no menos sonoros alaridos reculó a la habitación buscando el baño para refugiarse, tropezando con la cama, dejándose las espinillas en la cómoda, para acabar estampándose con estruendo contra la puerta. Al menos, en el suceso aplastó varias avispas adheridas, que por suerte no se llegó a tragar.

Cuando recobró el conocimiento trató de incorporarse del suelo, observando a la vecina del bajo anexo asomada a su ventana. La anciana le advirtió de la entrada de un par de rateros, aprovechando su inconsciencia y la facilidad de entrar en su habitación. Le habían sirlado el móvil, la cartera y el reloj.

Inasequible al desaliento, se empeñó en tener un buen día de reinvención, no importó que a media ducha se acabara el butano del calentador, que olvidara comprar leche para el desayuno o que fuese una multa lo único que había en el buzón. Se plantó en la calle, cojeando al caminar y la cara cosida a aguijonazos, sabiendo que al acabar la jornada se la habrían vuelto a partir, de un modo u otro, pero con la certeza de, a poco que llegara el verano, que se levantaría otro día para volverlo a intentar.

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