Aparece con su amplia sonrisa, sin saber de dónde o porqué, con esa mezcla indescifrable de travesura y niña buena que aparenta. Sobre finos tacones eleva su figura, luciendo piernas hasta límites arriesgados, desvelando parte de la liga de las medias que las cubren, apenas tapadas por el ceñido pero flexible vestido de corte kimono con el que ha decidido rodear su piel.
Se sienta a mi lado sin decir nada, recreándose en clavarme su mirada, tan expresiva cuando se sabe entender, manteniendo una rodilla en contacto con la mía y la otra sensualmente apartada, dejando un hueco que yo relleno de imaginación.
Mientras cambia de lugar su melena para que pueda observar cómo mece su cabeza y se acaricia suavemente el cuello, confirma que le ha resultado sencillo saber qué vestir, ya que sólo iba a ponerse una prenda. Siempre ha sabido cómo elegir las palabras y dejarme sin las mías cuando pregunta cosas como si será apropiado en esas circunstancias permitirme conocer si su afirmación será verdad. Pero no tengo dudas de que así es y cuando hallo una frase coherente con la que responder me despierto sobresaltado en mitad del sofá, aún con el pulso agitado. Pensándolo bien, hay encantos que dejan una semilla imposible de erradicar.
1 comentario:
Siempre he pensado que los sueños tienen algo de premonitorios y a la vez, son muy cabrones, nada como tener uno y recordar hasta los olores que se supone que habiamos olvidado.
Besos
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