A las cuatro de la tarde el único sonido que se escucha es el de la chicharra estival. El aire es espeso y polvoriento. El cemento que llegó con el nuevo siglo refleja el bochorno aún más que el empedrado de antaño. No se mueve un alma, el bullicio de las fiestas hace días que se apagó.
Horas después, ataviadas con pañuelo a la cabeza, algunas vecinas refrescan los umbrales valiéndose de cuencos, regaderas o mangueras. El sofoco mezclado con agua huele a las tormentas que años atrás llegaban con el final del verano. Ahora todo es seco y yermo, silencio y ausencia. Con la misma pausa que aparecieron, sus cuerpos encorvados vuelven a desaparecer.
Las bicicletas regresan a los corrales, tapadas con ajadas colchas. Los juguetes, al desván. Se marchitan flores en el cementerio, se apaga el eco del bar. La población bulliciosa vuelve a la soledad de unas decenas de almas. Los atardeceres ya no cuentan como excusa para enamorar.
Quienes resisten achaques y mudanzas forzosas a centros de la tercera edad se refugian en la oscuridad de sus casas, alumbrada la mirada cansada con el parpadeo del televisor. Perdidas quedan las tardes de radionovela y tertulia. Ya nadie paga por mantelerías bordadas, ya nadie sale a coser obras de arte, sentadas en aquellas sillas añejas de madera artesanal.
Horas después, ataviadas con pañuelo a la cabeza, algunas vecinas refrescan los umbrales valiéndose de cuencos, regaderas o mangueras. El sofoco mezclado con agua huele a las tormentas que años atrás llegaban con el final del verano. Ahora todo es seco y yermo, silencio y ausencia. Con la misma pausa que aparecieron, sus cuerpos encorvados vuelven a desaparecer.
Las bicicletas regresan a los corrales, tapadas con ajadas colchas. Los juguetes, al desván. Se marchitan flores en el cementerio, se apaga el eco del bar. La población bulliciosa vuelve a la soledad de unas decenas de almas. Los atardeceres ya no cuentan como excusa para enamorar.
Quienes resisten achaques y mudanzas forzosas a centros de la tercera edad se refugian en la oscuridad de sus casas, alumbrada la mirada cansada con el parpadeo del televisor. Perdidas quedan las tardes de radionovela y tertulia. Ya nadie paga por mantelerías bordadas, ya nadie sale a coser obras de arte, sentadas en aquellas sillas añejas de madera artesanal.
9 comentarios:
Esas maravillosas sillas...
besito
Muy buen truco ese de refrescar la entrada...
Besicos
Septiembre siempre me ha parecido un mes triste.
La humedad de las tormentas inesperadas de septiembre siempre huele a silencio no deseado.
Besos
A pesar de todo, tal vez busquemos esa paz y regresemos, cuando la vida laboral haya finalizado y la descendencia volado....
En mi casa áun se arreglan las sillas de enea, para tomar la fresca a media tarde en el pueblo, porque hasta el calor es diferente y se echa de menos cuando se regresa a la ciudad
Besetsss
no se yo si voy a echar de menos al melonero, besitos
Es que es un rollo eso de bordar mantelerías con los grandes que son, no me extraña que hayan dejado de hacerlas, ¡ya tenían que aburrirse!
Besitos.
Parece que hablas de la calle de mis abuelos, en mi pueblo. Has estado allí, a qué si?
@El guardián del Faro: Lo bien que se marcaban en el culo de niño, cuando llevaba pantalones cortos...
Maravillosos besos
@Belén: Sabiduría tradicional
Besos con truco
@Mary: Sin embargo, es agradable el deseado
Tormentas de besos
@Toy Folloso: Cada vez menos, me dicen..
Saludos
@Pio: Siempre es distinto, desde el ruido, el tacto, el olor...
Besos de pueblo
@Campoazul: Nunca escuché que les resultara aburrido.
Grandes besos
@Malena: De hecho, soy tu abuelo
Besos, a que sí?
:-)
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