20130922

Marchitada

La pérfida entró en el despacho vociferando, fuera de sí, al borde de la agresión física a la directora, que no era la primera vez que se veía en aquella situación. Dos pasillos más allá, en completo silencio, sin querer mirar por la ventana para no ver al resto de residentes que reciben de vez en cuando visita, lloraba una anciana masticando soledad.

La menor y única hembra, favorita del clan, esquilmó las cuentas corrientes tras la muerte de su padre y hermanos. Usó el ahorro familiar para darse la gran vida, de capricho en capricho. Ahora un piso, después algo nuevo para conducir. Pero el dinero materno menguó al mismo paso que su salud, necesitada de cuidados y con un magro ingreso de pensión.

La pérfida trató de escabullirse con el dinero, entregando a la anciana a la caridad, buscando una rendija para colarla en asuntos sociales, pero topó con los recortes y el fino ojo de un inspector. Repudió la vejez de su propia madre, negándole cobijo en casa, de modo que, abocada a ingresar a la anciana en una residencia, le exigió la titularidad de corrales y fincas para poder venderlas, mientras sufragaba una estancia con la pensión. La anciana, que aún tiene buena cabeza, se negó. Dos días después quedó abandonada en una estación.

Ahora la pérfida se retuerce sin dinero y renuncia por escrito a la anciana en beneficio de la Administración, asqueada por no poder echar el diente a los terrenos que tan bien podría vender. Mientras tanto, hay quien solloza al comprobar que la última de su estirpe es quien la ha venido a traicionar.

1 comentario:

Pio dijo...

Nunca entenderé esas situaciones, no me cabe en la cabeza, tal vez sea algo ingenua. El asqueroso interés del dinero que hace perder el alma. Besets