No sé qué hacer con la silla de bebé del asiento de atrás de mi coche.
Uno tiene pocas habilidades que domine, mucho menos en lo social. Tengo la familia medio cabreada por cuestiones que además me han hecho dejar pendiente una tertulia sobre fotografía y, por poner otro ejemplo, no parece haber persona en el planeta que se complemente lo suficiente con uno y le apetezca considerarme estación terminal en lugar de apeadero de paso. Sin embargo, a veces uno resulta útil en algo, aunque sea poco. Se me da bien actuar rápido bajo presión.
Conducía bajo los últimos copos de la nevada cuando quien me precedía se empotró contra la mediana, golpeando el asfalto y saliendo despedido contra las protecciones del otro carril, quedando el vehículo medio desintegrado justo frente a mí. Con la secuencia completa ante mis ojos, no tuve demasiado problema en frenar a tiempo y esquivar los restos que iban saltando de la colisión. Puro instinto.
Detuve el coche más adelante, salté y casi como en una foto fija identifiqué el estado del conductor, pasajeros y el chorro de combustible que manaba a borbotones. Unos diez segundos después tenía a la familia en mi coche a cubierto de posibles efectos del combustible derramado, había creado una zona de seguridad con otra conductora y daba los datos a la operadora del 112. Sin pensar.
Entre operarios de quitanieves, sanitarios, bomberos y agentes de tráfico se resolvió la situación, atajando el riesgo de ignición y pasando el equipaje a mi coche, ya que la familia volvía junto a los suyos y habían invertido sus ahorros en pasajes para un transporte horas después. No tenían otra posibilidad, necesitaban llegar a tiempo, de modo que aún contusionados evitaron ir al hospital.
Mientras colocaba la silla del bebé en mi coche, la madre preguntó si llegaríamos a tiempo. Lo cierto es que he pasado más horas en esa ruta que en la cocina de mi casa, así que esperaba cubrir la distancia a tiempo. Además, en tal contexto tampoco era plan de admitir que casi pierde uno el carnet por exceso de velocidad.
Arreglado el papeleo y con tranquilizantes y calmantes, pusimos rumbo al destino, tampoco muy lejos del mío. Llegamos justo a tiempo para embarcar, recogiendo sus cosas como pudieron, excepto el nuevo arnés de seguridad del niño, que era imposible cargar con él. Pidieron que lo entregara a quien necesitara, que sabría elegir bien.
Lo curioso del caso es que, centrado en resolver problemas, no quise perturbar su silencio, sólo roto por murmullos de apoyo afectuoso entre ellos, y ni siquiera nos presentamos ni intercambiamos ningún dato de contacto, así que no podré, cuando sepa qué hacer con la silla, hacerles saber mi decisión. Carezco de habilidad social.
Uno tiene pocas habilidades que domine, mucho menos en lo social. Tengo la familia medio cabreada por cuestiones que además me han hecho dejar pendiente una tertulia sobre fotografía y, por poner otro ejemplo, no parece haber persona en el planeta que se complemente lo suficiente con uno y le apetezca considerarme estación terminal en lugar de apeadero de paso. Sin embargo, a veces uno resulta útil en algo, aunque sea poco. Se me da bien actuar rápido bajo presión.
Conducía bajo los últimos copos de la nevada cuando quien me precedía se empotró contra la mediana, golpeando el asfalto y saliendo despedido contra las protecciones del otro carril, quedando el vehículo medio desintegrado justo frente a mí. Con la secuencia completa ante mis ojos, no tuve demasiado problema en frenar a tiempo y esquivar los restos que iban saltando de la colisión. Puro instinto.
Detuve el coche más adelante, salté y casi como en una foto fija identifiqué el estado del conductor, pasajeros y el chorro de combustible que manaba a borbotones. Unos diez segundos después tenía a la familia en mi coche a cubierto de posibles efectos del combustible derramado, había creado una zona de seguridad con otra conductora y daba los datos a la operadora del 112. Sin pensar.
Entre operarios de quitanieves, sanitarios, bomberos y agentes de tráfico se resolvió la situación, atajando el riesgo de ignición y pasando el equipaje a mi coche, ya que la familia volvía junto a los suyos y habían invertido sus ahorros en pasajes para un transporte horas después. No tenían otra posibilidad, necesitaban llegar a tiempo, de modo que aún contusionados evitaron ir al hospital.
Mientras colocaba la silla del bebé en mi coche, la madre preguntó si llegaríamos a tiempo. Lo cierto es que he pasado más horas en esa ruta que en la cocina de mi casa, así que esperaba cubrir la distancia a tiempo. Además, en tal contexto tampoco era plan de admitir que casi pierde uno el carnet por exceso de velocidad.
Arreglado el papeleo y con tranquilizantes y calmantes, pusimos rumbo al destino, tampoco muy lejos del mío. Llegamos justo a tiempo para embarcar, recogiendo sus cosas como pudieron, excepto el nuevo arnés de seguridad del niño, que era imposible cargar con él. Pidieron que lo entregara a quien necesitara, que sabría elegir bien.
Lo curioso del caso es que, centrado en resolver problemas, no quise perturbar su silencio, sólo roto por murmullos de apoyo afectuoso entre ellos, y ni siquiera nos presentamos ni intercambiamos ningún dato de contacto, así que no podré, cuando sepa qué hacer con la silla, hacerles saber mi decisión. Carezco de habilidad social.
6 comentarios:
Si tuviera ese instinto tuyo de lo inmediato la guardaría en el maletero porque seguro que te sale la oportunidad en el camino. Si cavilas, habrá como cientos de candidatos y a todos pondrás pegas. Eso sí, esta vez te intercambias al menos el teléfono... un café, una copa, o un algo más si la mujer demandante merece la pena.
Ay Hyku que susto!!! En esa misma situación, me hubiese empotrado contra ellos o no saldría del bloqueo con lo cafre que soy. Esa familia te va a estar siempre agradecida de tu sangre fría y aunque sin contacto no olvidarán el gesto.
Y la sillita siempre puedes donarla a algún centro social o a cáritas supongo.
Les falles son como las cenas de navidad, que juntan a la familia y se lia jejeje :P
Notamental: vamoshombreya!! como que esos bracetes no van a encontrar churrii!! :D
besets antisociales
Buf... reconozco que sé actuar bajo presión, pero luego no recuerdo nada... así que imagina mi cara si encuentro una sillita de bebés en el asiento trasero de mi coche...
Guárdalo, estoy segura que algún día se sentará ahí un hyku chiquitín...
Besicos
Si que reaccionaste bien, es una virtud templar los nervios en momentos de presión.
Es normal que no os dieraís los contactos, es un momento así se piensa de forma diferente.
Me has hecho recordar, un caso similar en mi familia. Mi hermana pequeña está viva gracias a que unos chicos recogieron a mis padres en la carretera, una noche de lluvía. Iban al hospital y el coche les dejó tirados. Unos chicos los recogieron, los llevaron al hospital y se marcharón, mis padres nunca supieron quienes eran. Pero aún hoy, treinta años después, hablan de ellos.
Un saludo
Caray, eres todo un valiente para siempre ante los ojos de esa agradecida familia, que no recordaran la sillita sino a ti.
Yo que tu guardaría la sillita, alguien aparecerá que la necesite... o tal vez tú, para tu bebe. :)
Besitos.
@Marieta: No soy de ofrecer esa información, no creo que tenga nada relevante para que alguien quiera saberla, pero gracias por la apreciación.
@Pio: La silla ya ha sido adjudicada a quienes necesitaban una. Aunque necesitan bastantes cosas más, porque ni coche tienen.
Besos a braza
@Belén: Pues igual es una ventaja no recordar..
Besos.. creo
@Malena: Cosas raras del instinto.. ya ves. Y genial que haya otros casos así, la gente no está tan deshumanizada aún.
Saludotes
@Campoazul: Ya hice las pesquisas y finalicé la tarea. No fue valentía, la verdad, sólo hacer lo que había que hacer.
Besos familiares
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