Kabuto era un relojero que parecía tener el tiempo a su merced, capaz de comprimirlo, estirarlo y en ocasiones hasta detenerlo, motivo por el que la gente le confiaba los cronógrafos de sus vidas. Viajó de pueblo en pueblo arrastrando consigo la carga creciente que suponía tal responsabilidad, custodio de relojes ajenos y garante de sus tiempos, tiempo que le faltaba para reparar su propio compás de arena, atascado por el infortunio tiempo atrás. Ya habría tiempo para eso, se decía.
Una tarde coincidió en el camino con una geisha de paso ligero y belleza sin final. Iba a toda prisa a Tokio, pues allí aguardaba en una caja de música la esencia de la felicidad. Kabuto quedó impresionado con el relato de la joven y trató de sumarse a su paso, pero el peso que soportaba le impedía caminar al mismo ritmo. La geisha sugirió que repartiera la carga entre lo relojeros que encontrasen a lo largo del camino, mas Kabuto pensó que sería traicionar a quienes tanta confianza depositaron en él. Mientras tanto, los pasos de la geisha eran implacables y comenzaba a perderla de vista, hasta que se la tragó el horizonte.
Agotado por el frustrado caminar, detuvo sus pies y se apostó en el camino, sacando uno a uno los relojes que guardaba, poniéndolos en hora y organizándolos para devolverlos a quienes una vez pertenecieron. Finalmente cumplió cada encargo y únicamente en su mochila quedaba su vetusto y averiado reloj, con la esperanza de llegar a Tokio y poder repararlo.
Alcanzó la ciudad tras días de camino y la arena volvió a fluir entre las esferas de su propia vida. Sin embargo, no había rastro de la geisha ni quien la conociera. Lamentó Kabuto no tener en su mano el destino de la geisha y no haber coincidido de nuevo para caminar sin lastre, pues de ese modo hubieran sabido con certeza si eran capaces de hallar aquella caja de felicidad. Pero valió la pena llegar a Tokio, porque la añoranza no se suele equivocar.
Absorto en una pagoda y sin prisas por una vez, la tierra comenzó a cimbrearse, como tantas otras veces antes y tantas otras lo ha hecho después, zarandeando construcciones y habitantes, quebrando árboles y techumbres hasta que el estruendo cesó. Tokio quedó herida pero en pie, orgullosa y constante, tan dispuesta a albergar felicidad como necesitada de construcción constante ante el devenir del azar.
Y Kabuto, que no sabía qué hacer con tanto tiempo, decidió quedarse a levantar sueños, con una tímida sonrisa tras haber aprendido aquella lección.
Una tarde coincidió en el camino con una geisha de paso ligero y belleza sin final. Iba a toda prisa a Tokio, pues allí aguardaba en una caja de música la esencia de la felicidad. Kabuto quedó impresionado con el relato de la joven y trató de sumarse a su paso, pero el peso que soportaba le impedía caminar al mismo ritmo. La geisha sugirió que repartiera la carga entre lo relojeros que encontrasen a lo largo del camino, mas Kabuto pensó que sería traicionar a quienes tanta confianza depositaron en él. Mientras tanto, los pasos de la geisha eran implacables y comenzaba a perderla de vista, hasta que se la tragó el horizonte.
Agotado por el frustrado caminar, detuvo sus pies y se apostó en el camino, sacando uno a uno los relojes que guardaba, poniéndolos en hora y organizándolos para devolverlos a quienes una vez pertenecieron. Finalmente cumplió cada encargo y únicamente en su mochila quedaba su vetusto y averiado reloj, con la esperanza de llegar a Tokio y poder repararlo.
Alcanzó la ciudad tras días de camino y la arena volvió a fluir entre las esferas de su propia vida. Sin embargo, no había rastro de la geisha ni quien la conociera. Lamentó Kabuto no tener en su mano el destino de la geisha y no haber coincidido de nuevo para caminar sin lastre, pues de ese modo hubieran sabido con certeza si eran capaces de hallar aquella caja de felicidad. Pero valió la pena llegar a Tokio, porque la añoranza no se suele equivocar.
Absorto en una pagoda y sin prisas por una vez, la tierra comenzó a cimbrearse, como tantas otras veces antes y tantas otras lo ha hecho después, zarandeando construcciones y habitantes, quebrando árboles y techumbres hasta que el estruendo cesó. Tokio quedó herida pero en pie, orgullosa y constante, tan dispuesta a albergar felicidad como necesitada de construcción constante ante el devenir del azar.
Y Kabuto, que no sabía qué hacer con tanto tiempo, decidió quedarse a levantar sueños, con una tímida sonrisa tras haber aprendido aquella lección.
14 comentarios:
Me gustan especialmente tus textos cuando tienen esperanza. Mola. Un besazo
Así me dejas :O
Me ha gustado tanto que te voy a regalar un paraguas, mira tú por donde.
Un beso
Como siempre, me dejas muda.
Un beso
Con lo sensible que estoy yo ahora...
En fin, un besito vaya de regalo.
Un precioso relato con una buena moraleja, siempre das en el clavo.
Besoss
Qué bonito y qué esperanzador. Los japoneses son muy tenaces, además de trabajadores, asi que resurgirán antes de que nos demos cuenta.
Precioso texto.
Besos :)
Ojalá los japoneses vuelvan a sonreír...¡ay qué pena!
Besicos
Resurgirán pronto de las cenizas, seguro
aniTa
Me quedé enganchada mientras esperaba el final..., a ver qué pasaba. Y me gusto... Tokio resurgirá fijo.
Besitos.
Tiempo, tanto perseguirlo en lugar de vivirlo.
Un beso.
Siempre es un placer volver por aquí. A veces porque me haces reír a carcajadas, otras simplemente por compartir esos "presuntos sentimientos" tan tuyos.
Me gusta mucho este post, ahora hacía días que no tenía tiempo de detenerme a leer tus palabras… un momento dulce tras un día gris.
El tiempo y la felicidad… leyéndote vuelvo a sentir las ganas de escribir en el blog.
Gracias
un beso
Dicen que añorar el pasado es correr tras el viento.
Seguro que el relojero consigue que la arena siga fluyendo.
Te abraza sin prisas,
Nuda
@La niña mala: La vida es lo último que se pierde, tras la esperanza.
Besos molones
@Asolada: Gracias, aunque soy de los que no lo llevan cuando diluvia.
Besos impermeables
@El guardián del Faro: Besos sin palabras, en tal caso.
@Chipsoni@: Es primavera, lógico.
Sensibles besos
@Pio: La moraleja a destiempo fastidia más
Fallas de besos
@Marikosan: No tengo ninguna duda.
@Nelly: Gracias.
Besos preciosos
@Belén: Seguro. Lo que no hacen es llorar en público y les entiendo.
Besos animosos
@AnitayJean: Son trabajadores organizados, les irá bien.
@Campoazul: Tokio está más lejos ahora, pero todo es relativo.
Besos finales
@Iraunsugue_eternia: Y cuando se tiene atrapado, vivirlo no depende de ti..
Besos sin tiempo
@Sayuri{S}: Espero que sea fecunda la imaginación.
Besos regresados
@Nuda Veritas: La mayoría de relojes viejos se desechan, la verdad.
Abrazos arenosos
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