I
La tarde está fría pero es la mejor hora para salir a pasear. La resaca de las fiestas mantiene desiertas las calles a esta hora de sobremesa. Dirijo mis pasos hacia una zona deportiva cercana. Aislado, unos metros más allá, hay un vehículo.
No deben tener ni veinte años. Él está recostado en el asiento de atrás, ella está delante, vestida casi de fiesta, quemando una dosis en una cucharilla. Demasiado jóvenes para calcinar su existencia. Impacta ver su rostro aparentemente sano y aniñado pendiente de la droga por consumir. Y todo un contraste estar en esa misma acera moviendo los pies teniendo al lado unos críos subidos a un caballo del que no hay que ser muy listo para saber que, más pronto que tarde, van a caer.
II
No me gustan las aglomeraciones, prefiero el silencio. Algo complicado en plena zona comercial un sábado cualquiera, menos si se aproximan días familiares. De manera que hay que hacerse a la idea y escurrirse entre el gentío.
Tras realizar las compras previstas, intento huir por una calle lateral, aparentemente con menos atasco. Una hilera de coches aparca junto a la estrecha acera por la que vamos los transeúntes como hordas esquivando a los demás. En uno de los coches aparcados hay una chica llorando.
Siento el impulso de volverme atrás pero tal como está la vida lo mismo me toma por un maniático y es peor el remedio que la enfermedad. Pero unos pasos más tarde cambio de opinión, me acerco al coche desde la distancia y con gestos pregunto a la chica si está bien. Ella me mira entre su mar de lágrimas y asiente con la cabeza, hundiendo la mirada después. Me alejo arrastrando los pasos, no es plan de molestar. Pero no me quito de la cabeza la imagen de esa triste soledad en mitad del bullicio de la ciudad.
III
Casi anochece. Atasco a la entrada a la ciudad. Paso el rato acompañado de música en el carril central de la autopista. A mi izquierda, un BMW con la capota puesta y una chica con la pierna apoyada en el salpicadero. Mentalmente reprendo esa pose, que en caso de frenazo o accidente puede provocarle una grave lesión. Pero al girar la cabeza tengo una mejor visión de la escena, ventajas de un 4x4 con un puesto de conducción elevado.
Lleva un abrigo como de pieles de zorro sintéticas, medias y botas. Aparte de eso, no lleva nada más y, recostada hacia la posición del conductor, se está acariciando desnuda para disfrute de quien va al volante. Aunque mi horizonte alcanza hasta su ombligo y el resto queda oculto por el movimiento de su brazo, la escena me resulta familiar, más discreta pensando en un todo terreno con cristales tintados, a decir verdad.
De repente, ella se gira e intuye que ha sido vista. Junta las piernas y se recompone el abrigo pero una mano desde el lado del conductor toma su muslo izquierdo y lo vuelve a separar. Ella deja de mirarme y regresa al juego, ignorando mi presencia girándose un poco más hacia el otro lado.
Poco a poco, el BMW va dejando espacio delante hasta que cambia de carril y se pone detrás de mí. Unos metros después vuelve a cambiar y se sitúa a mi derecha. Me sorprende, y también me alegra aunque no sé muy bien porqué, ver al volante a una atractiva morena, que me mira con media sonrisa escrutadora y a la que respondo tratando de mostrar complicidad. Me dedica una sonrisa más relajada, posa la mano en su compañera y salen por la primera bifurcación.
Avanzo lentamente entre el tráfico camino de casa, pensando en que hace tiempo que el coche dejó de transportar personas para trasladar pequeños episodios de nuestras vidas.
La tarde está fría pero es la mejor hora para salir a pasear. La resaca de las fiestas mantiene desiertas las calles a esta hora de sobremesa. Dirijo mis pasos hacia una zona deportiva cercana. Aislado, unos metros más allá, hay un vehículo.
No deben tener ni veinte años. Él está recostado en el asiento de atrás, ella está delante, vestida casi de fiesta, quemando una dosis en una cucharilla. Demasiado jóvenes para calcinar su existencia. Impacta ver su rostro aparentemente sano y aniñado pendiente de la droga por consumir. Y todo un contraste estar en esa misma acera moviendo los pies teniendo al lado unos críos subidos a un caballo del que no hay que ser muy listo para saber que, más pronto que tarde, van a caer.
II
No me gustan las aglomeraciones, prefiero el silencio. Algo complicado en plena zona comercial un sábado cualquiera, menos si se aproximan días familiares. De manera que hay que hacerse a la idea y escurrirse entre el gentío.
Tras realizar las compras previstas, intento huir por una calle lateral, aparentemente con menos atasco. Una hilera de coches aparca junto a la estrecha acera por la que vamos los transeúntes como hordas esquivando a los demás. En uno de los coches aparcados hay una chica llorando.
Siento el impulso de volverme atrás pero tal como está la vida lo mismo me toma por un maniático y es peor el remedio que la enfermedad. Pero unos pasos más tarde cambio de opinión, me acerco al coche desde la distancia y con gestos pregunto a la chica si está bien. Ella me mira entre su mar de lágrimas y asiente con la cabeza, hundiendo la mirada después. Me alejo arrastrando los pasos, no es plan de molestar. Pero no me quito de la cabeza la imagen de esa triste soledad en mitad del bullicio de la ciudad.
III
Casi anochece. Atasco a la entrada a la ciudad. Paso el rato acompañado de música en el carril central de la autopista. A mi izquierda, un BMW con la capota puesta y una chica con la pierna apoyada en el salpicadero. Mentalmente reprendo esa pose, que en caso de frenazo o accidente puede provocarle una grave lesión. Pero al girar la cabeza tengo una mejor visión de la escena, ventajas de un 4x4 con un puesto de conducción elevado.
Lleva un abrigo como de pieles de zorro sintéticas, medias y botas. Aparte de eso, no lleva nada más y, recostada hacia la posición del conductor, se está acariciando desnuda para disfrute de quien va al volante. Aunque mi horizonte alcanza hasta su ombligo y el resto queda oculto por el movimiento de su brazo, la escena me resulta familiar, más discreta pensando en un todo terreno con cristales tintados, a decir verdad.
De repente, ella se gira e intuye que ha sido vista. Junta las piernas y se recompone el abrigo pero una mano desde el lado del conductor toma su muslo izquierdo y lo vuelve a separar. Ella deja de mirarme y regresa al juego, ignorando mi presencia girándose un poco más hacia el otro lado.
Poco a poco, el BMW va dejando espacio delante hasta que cambia de carril y se pone detrás de mí. Unos metros después vuelve a cambiar y se sitúa a mi derecha. Me sorprende, y también me alegra aunque no sé muy bien porqué, ver al volante a una atractiva morena, que me mira con media sonrisa escrutadora y a la que respondo tratando de mostrar complicidad. Me dedica una sonrisa más relajada, posa la mano en su compañera y salen por la primera bifurcación.
Avanzo lentamente entre el tráfico camino de casa, pensando en que hace tiempo que el coche dejó de transportar personas para trasladar pequeños episodios de nuestras vidas.
15 comentarios:
A mí siempre me ha cortado el cuerpo eso de ver a alguien llorar en la calle y sin saber qué pasa. Es como que me salgo de mi vida e intento imaginar la suya, sin éxito.
Y es que ir por la ciudad observando de esa manera, al final, te convierte en un poco antropólogo.
Un besín
Siempre me he sentido impotente al ver llorar a alguien desconocido en medio de la ciudad. Me gustó como lo escribiste, yo no tuve las agallas de ir a preguntarle si estaba bien.
Besos
Tienes razón... Con sólo mirar a nuestro lado podemos ver diferentes episodios de la vida de los demás... Y muchas veces ocurre que hasta llegamos a sentir alguna empatía por la situación que están viviendo... Un abrazo!
es porque tiene ventanas,estoy convencida de que es por las ventanas, besitos
A mi tampoco me gustan las aglomeraciones si estar siempre rodeada de veces, pero hay que admitir que es solo en esas ocasiones cuando podemos ver diferentes episodios de las vidas de los demás... de personas totalmente desconocidas, que por un diminto momento, nos parece conocer.
Un buen blog.
Saludos.
Son como escudos que nos alejan de los demás pero nos dejan en pelotas a la mirada de todos los que pasan a nuestro lado...
Besicos
uff... llorar rodeada de gente es una puta mierda. A parte de sentirte estupida por no contenerte, las miradas del resto del mundo te hacen hundirte casi un poquito más...
Lo de la mano desconocida que te coje del hombro solo pasa en las pelis...ainsss
Un besote
I.- Impotencia ante la búsqueda errónea de una "salida inmediata".
II.-Mejor no preguntar...yo también he llorado en el coche y aunque lo parezca,nunca hay la intimidad pretendida.
III.-Búsqueda de un morbo como la antesala de algo mejor que luego llegará..
La vida se compone de un sinfín de pequeños retales, aunque las puntadas en ocasiones no sean certeras ni consistentes.
Besos encaminados.
Buen observador. La verdad es que a veces es interesante ponerte a observar a la gente, sus comportamientos, e intentar adentrarte en lo que piensan. Con respecto al coche...si observas bien puedes ver cada cosa...
Besos observadores
Yo no podría haberle hecho la pregunta a la chica que estaba llorando, aunque creo que a veces esa es la actitud, ultimamente tod@s vamos mucho a nuestro aire...Muy bueno el hilo conductor de los coches como testigos de nuestra vida...
Saludos
@Mary: A mí se me encoge el alma cuando veo a una mujer llorar de tristeza. Me ha pasado siempre y siempre siento impotencia y deseo de alegrar, sin saber cómo.
Besos antropófagos
@Selket: Bueno, yo no hice gran cosa, sólo quedarme parado a la distancia suficiente como para que supiera que estaba frente a ella y gesticular preguntando si estaba bien...y claro, qué iba ella a decir...
Besos con agallas
@Sofía: Sí, muchas veces basta con prestar atención
Besos por capítulos
@Isa: Va a ser eso...
Besos acristalados
@By Lucy Cullen: Sí, como dice Mary, tratamos de adivinar en un minuto toda la vida de los demás, curioseamos y fantaseamos. Y esperemos que dentro de un mes sigas pensando igual del blog ;-)
Saludotes sin aglomeraciones
@Belén: Y la mayor parte de las veces no nos damos cuenta.
Besos con pelotas
@Nikaperucita: No es cierto, a veces esa mano en el hombro existe. Algún día escribiré sobre eso.
Besos con kleenex
@Chuspi: Sí, hay infinitos mundos, pero todos están en éste.
Besos sin preguntar
@Mery: Cuenta cuenta..dónde he de mirar?
Besos observados
@Mr Blueberry: A veces simplemente basta con un gesto, como hice yo, para que sepa que si necesita algo puede pedir ayuda, si se fía, claro. Y gracias por el piropo.
Saludotes sin conductor.
Me habia deprimido un poco al leer el primero, el segundo no me parecio tan malo, al fin y al cabo cuando lloras siempre estas solo y ya el tercero... ¡¡¡¡el tercero me ha hecho recordar que mi coche es virgen!!!!.
Esto no puede ser, ¡que mal!
@Chipsoni@: Probablemente es cosa de tiempo que pierda la virginidad, dudo que te falten voluntarios para explorar los asientos.
Besos, al fin y al cabo.
Nunca me gusto eso de mirar por las ventanas ajenas, ni siquiera por las de los coches con los que me cruzo cuando paseo por las calles de mi ciudad o a traves de los vehículos que paran junto al mio en el semaforo. Llamalo pudor.
Besines
@Belita: Al final no deja de ser una especie de escaparate y, de un modo u otro, aunque no nos guste demasiado, estamos expuest@s.
Besos pudorosos
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