La primavera ciega mis ojos esta tarde luminosa. La sensación me lleva los claroscuros de las calles del centro, estrechas, de aroma característico, de taciturnos habitantes a la luz del día. Otra primavera ya...
Cierro los ojos. Rock en mis oídos, aislando en mi mundo una sucesión de imágenes vivas llega del recuerdo. ¿Por qué esas calles, por qué ahora?... Era otra tarde de primavera.
Un mensaje para que os fuera a buscar. Las risas en aquella terraza mientras comprobaba tu mezcla de excitación y nerviosismo. El laberinto de pavimento por el que íbamos perdiendo los temores...

Habías fantaseado desde tiempo atrás así. Deseabas el tacto de otra piel de mujer, sentirte al mismo tiempo seductora y presa. Cómo surgió entre vosotras el juego y la elección del lugar quedará oculto entre tus secretos.
- No me dejes sola, ¿vale? - rogaste, como si alguna vez hubiera pasado por mi cabeza descuidarte. No hubo respuesta, me bastó con mirarte.
Mi mente viaja por el recuerdo. Otro fogonazo, la mirada indiferente del encargado de la taquilla del cine para adultos al entregarnos las tres entradas. Siempre esperé algún tipo de expresión morbosa pero aquel tipo debía estar acostumbrado a casi todo.
La oscuridad absoluta presidía el lugar. También el silencio, arañado esporádicamente por la predecible banda sonora de la cinta en reproducción. Una vez mis ojos se acostumbraron a la penumbra pude divisar siluetas, unas sentadas, otras de pie, apoyadas contra las paredes. Vuestras manos se unían a las mías con fuerza, tensas.
Dirigí mis pasos hacia una fila en la que se intuían tres butacas libres. Sólo dos, fue vuestro consejo. Decidí dejar las preguntas para otro momento. Tomé asiento y tú te sentaste entre mis rodillas. Ella, a tu lado.
Sin apenas tiempo de acomodarme mis manos fueron llevadas a tus piernas, apretando con fuerza en tus muslos, mientras ella te comía la boca y el cuello. Te fue abriendo la blusa con vigor, lamiendo cada centímetro de piel que dejaba al descubierto mientras tú pellizcabas su pecho y separabas las piernas instintivamente. Tus manos se perdían más lejos de donde yo podía ver, pero imaginaba el destino.
Mientras trataba de mantener mi rol vigilante de vuestro juego, mis dedos recorrían tus piernas, ascendiendo con suavidad hacia tu pubis, deleitados por la suavidad extrema de tu piel. Levantarte aquella vaporosa minifalda no resultó complicado, acariciar tu sexo empapado, delicioso. Es un arte elegir los momentos en que prescindir de lencería.
- Me encantas - susurré sin dejar de jugar. Un jadeo fue tu única respuesta. Tomar mi cabeza y llevar mis labios a tu cuello, la continuación.
Tu cuerpo quedaba al descubierto cada vez que la imagen de la pantalla brillaba en la sala, el suyo también. Su cabeza desaparecía tras tus hombros, sus dedos se deslizaban entre tus piernas coincidiendo con los míos en tu cálidad humedad. Tu cintura comenzó a columpiarse sobre mis caderas cada vez a mayor ritmo, más intensamente cuando comencé a tirar de tu pelo un poco la cabeza hacia atrás, hasta que estallaste de placer tomando mi mano con fuerza, apretándote contra mí, abrazándote a ella al tiempo, apenas habías durado en nuestras manos.
Estabas sudando. Retiré un poco los mechones de tu rostro, apoyando tu cabeza contra mi pecho. Ella se acercó a tu rostro pero tus dedos detuvieron sus labios. Giraste la cabeza y me besaste, a continuación le regalaste tu boca. No pude evitar sonreír.
En ese momento, una bocanada de luz proviniente de la pantalla me dejó ver con claridad. Al menos dos filas de espectadores estaban girados hacia nosotros y mi lado había aparecido un cuarentón que se acariciaba mientras apoyaba su mano demasiado cerca de tu muslo. Por vuestro lado, un par de jóvenes permanecían en pie, como a la espera de algo.
- Será mejor que nos vayamos - Sugerí. En ese momento fuísteis conscientes de la situación y os asustásteis. Tu corazón parecía que palpitaba en mis costillas. El mío aún corría más. Temía no poder controlar la situación.
Os tomé de la mano y os llevé al pasillo, allí os ayudé a colocar las ropas antes de salir. Nadie nos molestó, se retiraron en silencio a nuestro paso. A cobijo de los claroscuros de las calles pude volver a respirar tranquilo.
Abro los ojos sobre la hierba, la gente pasa ante mí. Recuerdo aquella tarde de primavera.
Os dije que no volviérais a meterme en un lío así mientras mis antes asustadas cómplices volvían a sonreír. Aquellas muchachas se colgaron de mis brazos y comenzamos a caminar.
- En fin...¿dónde vamos ahora, señoritas? - dije, aunque al ver su expresión de travesura supe que había desperdiciado un gran momento para callarme.
- A los probadores de El Corte Inglés.
...Y mientras me incorporo de la hierba y vuelvo a casa caigo en la cuenta de que, al final, no me enteré de como acababa la peli.
- No me dejes sola, ¿vale? - rogaste, como si alguna vez hubiera pasado por mi cabeza descuidarte. No hubo respuesta, me bastó con mirarte.
Mi mente viaja por el recuerdo. Otro fogonazo, la mirada indiferente del encargado de la taquilla del cine para adultos al entregarnos las tres entradas. Siempre esperé algún tipo de expresión morbosa pero aquel tipo debía estar acostumbrado a casi todo.
La oscuridad absoluta presidía el lugar. También el silencio, arañado esporádicamente por la predecible banda sonora de la cinta en reproducción. Una vez mis ojos se acostumbraron a la penumbra pude divisar siluetas, unas sentadas, otras de pie, apoyadas contra las paredes. Vuestras manos se unían a las mías con fuerza, tensas.
Dirigí mis pasos hacia una fila en la que se intuían tres butacas libres. Sólo dos, fue vuestro consejo. Decidí dejar las preguntas para otro momento. Tomé asiento y tú te sentaste entre mis rodillas. Ella, a tu lado.
Sin apenas tiempo de acomodarme mis manos fueron llevadas a tus piernas, apretando con fuerza en tus muslos, mientras ella te comía la boca y el cuello. Te fue abriendo la blusa con vigor, lamiendo cada centímetro de piel que dejaba al descubierto mientras tú pellizcabas su pecho y separabas las piernas instintivamente. Tus manos se perdían más lejos de donde yo podía ver, pero imaginaba el destino.
Mientras trataba de mantener mi rol vigilante de vuestro juego, mis dedos recorrían tus piernas, ascendiendo con suavidad hacia tu pubis, deleitados por la suavidad extrema de tu piel. Levantarte aquella vaporosa minifalda no resultó complicado, acariciar tu sexo empapado, delicioso. Es un arte elegir los momentos en que prescindir de lencería.
- Me encantas - susurré sin dejar de jugar. Un jadeo fue tu única respuesta. Tomar mi cabeza y llevar mis labios a tu cuello, la continuación.
Tu cuerpo quedaba al descubierto cada vez que la imagen de la pantalla brillaba en la sala, el suyo también. Su cabeza desaparecía tras tus hombros, sus dedos se deslizaban entre tus piernas coincidiendo con los míos en tu cálidad humedad. Tu cintura comenzó a columpiarse sobre mis caderas cada vez a mayor ritmo, más intensamente cuando comencé a tirar de tu pelo un poco la cabeza hacia atrás, hasta que estallaste de placer tomando mi mano con fuerza, apretándote contra mí, abrazándote a ella al tiempo, apenas habías durado en nuestras manos.
Estabas sudando. Retiré un poco los mechones de tu rostro, apoyando tu cabeza contra mi pecho. Ella se acercó a tu rostro pero tus dedos detuvieron sus labios. Giraste la cabeza y me besaste, a continuación le regalaste tu boca. No pude evitar sonreír.
En ese momento, una bocanada de luz proviniente de la pantalla me dejó ver con claridad. Al menos dos filas de espectadores estaban girados hacia nosotros y mi lado había aparecido un cuarentón que se acariciaba mientras apoyaba su mano demasiado cerca de tu muslo. Por vuestro lado, un par de jóvenes permanecían en pie, como a la espera de algo.
- Será mejor que nos vayamos - Sugerí. En ese momento fuísteis conscientes de la situación y os asustásteis. Tu corazón parecía que palpitaba en mis costillas. El mío aún corría más. Temía no poder controlar la situación.
Os tomé de la mano y os llevé al pasillo, allí os ayudé a colocar las ropas antes de salir. Nadie nos molestó, se retiraron en silencio a nuestro paso. A cobijo de los claroscuros de las calles pude volver a respirar tranquilo.
Abro los ojos sobre la hierba, la gente pasa ante mí. Recuerdo aquella tarde de primavera.
Os dije que no volviérais a meterme en un lío así mientras mis antes asustadas cómplices volvían a sonreír. Aquellas muchachas se colgaron de mis brazos y comenzamos a caminar.
- En fin...¿dónde vamos ahora, señoritas? - dije, aunque al ver su expresión de travesura supe que había desperdiciado un gran momento para callarme.
- A los probadores de El Corte Inglés.
...Y mientras me incorporo de la hierba y vuelvo a casa caigo en la cuenta de que, al final, no me enteré de como acababa la peli.
4 comentarios:
¿Y quien demonios quiere saber como acaba la peli?... Jajaja, yo prefiero saber cuan amplios son los probadores del Corte Inglés.
:) Besos sin travesuras
@Belita: Mujer, por si se casan después de tanto trajín. En el fondo soy un romántico..
Y por cierto y a modo de cultura general, más amplios son los de Cortefiel, al menos los de la Meseta.
Besos sin demonios :-)
Tranquilo Hyku, la peli acaba bien... vamos, que se casan ;)
Y bueno, me preocupa sobre manera esa fijación tuya por las compras jajajajajjajaa, no si es que...
Besos en las entradas ;)
@Belén: jo, ya me has contado el final, yo que pensaba ir a verla otro día... :-P
Por cierto...Comprar? Quién ha dicho de comprar? ;-)
Besos en las perchas :-)
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